29 noviembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

EL REGRESO DEL MIGRANTE.

Las tardes lluviosas y la pandemia invitan para protegerse bien, encerrarse en casa y darle al alma una taza de aromático café caliente y espumoso. También es propicio escuchar las narraciones de personas que han emigrado de esta ciudad a otros centros poblacionales, en busca de trabajo o tal vez estudiar una carrera profesional. Es el caso de un vecino que salió hace años, en busca del “sueño americano” y que retorna con el ansia de disfrutar los bienes naturales que aquí dejó.

“Salí de mi comunidad hace algunos años, me preocupaba el futuro de mi familia, había oído decir a unos amigos que en los Estados Unidos de Norteamérica se gana bien debido a que la paga se hace en dólares. Reuní un poco de dinero vendiendo algunos animales y con ayuda de un conocido que le decían “el pollero”, pasé al otro lado y logré integrarme al ejército de peones dedicados a todo tipo de trabajo de campo.

Lejos de mi gente a la que añoraba diariamente, ahorré algunos pesos, los que mandé para mejorar la casa, así como invertir en el rancho que necesitaba atención, resiembra y abono. Ahora que decidí regresar, lo hice pensando en las calles y avenidas del centro, que dejé totalmente empedradas, adonde de niño mis pies sintieron la humedad de la tierra, corría de arriba abajo sin que nadie lo impidiera, porque la libertad era mía.   

Cruzaban por mi mente las barrancas misteriosas que rodean a la ciudad, de los arroyos que con sus aguas frías provocan el crecimiento de los árboles y su maleza que tapizan el territorio cafetalero. De chamaco me animaba a recorrer la foresta de la Cuchilla, de Xocotla, Ixpila, el Acatepec y el Cerrito de Guadalupe. En cada uno de ellos encontraba un silencio que se interrumpía por el melodioso canto de las aves que volaban de una rama a otra.

La he encontrado cambiada, más no por eso dejo de percibir el sabor de la provincia con su verdor donde se aspira el oxígeno consagrado por la madre naturaleza, perfumada por el aroma de los cafetos; arropada de un enorme cielo que ante los ojos se torna gris, a veces azulado o nubes obscuras que presagian tormenta. Las cuadras llenas de casas transformadas por el duro cemento que las hace insensibles al calor humano. Los centros comerciales se apoderaron del centro.

No pude contener las remembranzas, al compararla con otros tiempos, cuando mirábamos como desfilaban los jóvenes ataviados con diversos difraces, haciéndose acompañar de carros alegóricos. Me llené de regocijo como lo hice en los desfiles de antaño, solo que entonces se podían distinguir a hermosas damitas que lucían su belleza y juventud. Sumado a la multitud que admiraba el paso de la comitiva, sin darme cuenta, comencé a aplaudir para reconocer el esfuerzo.

Fue inútil buscar caras conocidas que en mi época compartimos juegos y risas, unos se encuentran ya en el panteón descansado para la eternidad, otros emigraron en busca de mejores horizontes. Y yo, en un mar de confusiones, me animé como si estuviera enfrente a don Nicasio Hernández con su vitrina de dulces envinados; a don Fernando Espejo tocando su clarinete; las trompadas, calabazas, chilacayotas y cacahuates de don Chente Nextle; a Leonchi Serna con su enorme bocina anunciando las películas del Teatro Solleiro.

También al Chato Solís que en su cantina “La Central” se reunía un buen número de parroquianos a Doña Mariquita Heredia con su tlanechicole, faltan muchos, pero por hoy ahí la dejamos. Estoy aquí, ya ni llorar es bueno.”