29 noviembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

POR LAS VIAS DEL TREN.

Más allá de las hondonadas y precipicios que se formaron como si fueran capricho de la naturaleza. Están las huellas que con el tiempo fueron dejando los primeros habitantes de la región que hoy conocemos como cafetalera. Todavía en el año de 1900 los caminos de herradura que conducen a otros lugares, se hallaban habilitados para las bestias que transportaban personas y objetos utilizados en el hogar, la agricultura y el comercio.   

Cuando el siglo XX iluminó los campos que nos rodean, se abrió la puerta del progreso en la sociedad de las principales ciudades de la zona. Las miradas de los acaudalados productores y comerciantes, voltearon hacia las grandes metrópolis del País y de Europa, para trasladar esas modas impuestas por la clase selecta de aquella época. En los lomos de las bestias se transportó la delicada carga de los pianos, veinticinco en total que pusieron en manos de gente aficionada de la música.

No fue casual que surgiera una generación de ciudadanos admiradores del teatro, la ópera y la zarzuela. La respuesta está en la construcción del Solleiro, magna sala de conciertos que acrecentó el respeto por todo lo que significa bellas artes. Por ahí desfilaron lo más representativo del canto y la actuación. Dejando un mensaje que tenemos que descifrar en aras de continuar con ese bagaje puesto en cada obra y exhibición digna de admirar.      

La idea del gobierno de Don Porfirio Díaz, ilusionó a pobres y ricos que habitaban en las comunidades sobre la ruta de Córdoba a Xalapa. Le encargó a una empresa inglesa la construcción de las vías del ferrocarril que tuviera sus estaciones principales en Coscomatepec y Huatusco. Era un ramal que atraviesa la barranca de Chocamán. Y para cruzarlo se levantó un grandioso puente de increíbles dimensiones.

En el año de 1907 la población se arremolinó en las inmediaciones de Coscomatepec, fue el más grande de los acontecimientos que se haya vivido en la historia del lugar. Por primera vez el ruido potente de la máquina del tren, el rugido de su silbato, estremeció a los habitantes que no atinaban que hacer ante las bocanadas de vapor que arrojaba la caldera, hacia arriba y los lados. Los primeros viajeros se bajaron aún entumecidos por lo estrujante del monstruo de metal. Y los ferrocarrileros que fueron recibidos con muestras de admiración, seleccionaron el equipaje.  

Hasta ahí llegó el sueño de los diseñadores de este transporte que se habían fijado como meta la Ciudad de Xalapa. El obstáculo más comentado eran los cerros quebradizos que cruzan por los puntos cardinales y requería mucha inversión. Otros decían que la Revolución Mexicana descarriló las finanzas del Gobierno Federal. Lo que sea, pero al menos, renació la esperanza de la ciudadanía para explorar otros horizontes con mayor rapidez, comodidad y sin riesgo de algún accidente. Sin saber de dónde surgió la idea de bautizarlo como el “huatusquito”.

La terminal se convirtió en un punto simbólico donde, desde el amanecer, el ambiente se transformaba en jolgorio, las mujeres cargadas con canastos de palma, ofrecían memelas con salsa comapeña o con huevo y frijoles sazonado con epazote, que se acompañaba con un jarro de aromático café.

Otra de las cosas importante era tratar con los arrieros que alquilaban caballos y mulas para desplazarse a esta localidad. No hay manera de describir lo hermoso que significaba realizar la travesía bañado por el sol de la mañana.

Ya por la tarde las nubes opacaban el cielo sin ocultar completamente el bosque verde blindado con flores de distintas especies. Todo terminó con la introducción de la carretera, se silenció para siempre el crujir de una locomotora que como un gusano se deslizaba por una ruta que jamás volveremos de recorrer.