7 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO


LAS LAVANDERAS

En conjunto, la historia la podemos entender como la ciencia de la vida humana, aquella que siempre ha existido a través del tiempo y del espacio, que esta encadenada a la naturaleza. Para tener conocimiento de ella, es necesario estudiar geografía, lingüística, razas y otras como antropología y etnografía. Todo esto con la finalidad de apreciar los factores que nos lleven a unir conceptos que identifiquen a la comunidad y seguirlos transmitiendo a posteriores generaciones.

Hasta el siglo pasado, a la mujer se le asignaba un rol que la obligaba a desempeñar trabajos domésticos en el hogar. Siendo la pieza fundamental para el cuidado de la familia, fortaleciendo y dando certeza al dominio del varón. Todas las costumbres estaban diseñadas para considerarlas como una herencia al grado de juzgarlas, afirmando que su capacidad mental no era digna de generar confianza para desempeñar funciones exclusivas para los hombres.

Nuestra comunidad no era diferente a las demás, existían las clases sociales de acuerdo con la posición económica de las familias. Los acaudalados no se preocupaban porque sus mujeres aprendieran las labores esenciales de la casa. Ellas gozaban de privilegios, como asistir a la peluquería, reuniones con sus amigas, lucir prendas que iban con la moda de aquellos años. Siempre estaban al pendiente de los cambios que se daban en círculos de la aristocracia europea.

En medio, se supone, estaban las que no eran ricas ni pobres. Empeñadas en enseñar buenos modales a sus hijos, dando prioridad a la castidad, que era requisito indispensable para casarse. Cuando esto se descuidaba y salía embarazada, antes de que sus progenitores se enteraran tenían que huir del pueblo a otros sitios donde hubiera una mano bondadosa que la socorriera. Por ese motivo, muchas ya no regresaban ni se sabía nada de su ubicación.

La mayoría de las que vivían en la pobreza eran madres solteras por lo regular huérfanas, viudas, divorciadas o señoritas “viejas”. De ahí se surtían los que tenían tiendas de abarrotes, talleres, restaurant o cantina. Se empleaban ganando muy poco realizando labores de limpieza y cuidar niños. De este grupo surgieron las que ofrecían sus servicios para lavar ropa.

Eran escasos los domicilios que contrataron la prestación de agua entubada, ya que, los que gozaban de ese beneficio, ahí mismo iban las lavanderas para hacer este trabajo. Luego se inauguraron los centros donde instalaron tanques para almacenar el líquido al lado de una plancha de concreto. El problema más frecuente era tener que apartar lugar desde temprano, ya que estos se ocupaban.

Lo más pintoresco para la vista eran las señoras que cargando un enorme canasto sobre la cabeza, caminaban dos kilómetros rumbo al arroyo de la Ventura, un afluente tranquilo y transparente. Acompañadas de otras que se dedicaban a lo mismo, cuando el día estaba iluminado por el sol, se preparaban para una jornada que duraba todo el día. Ellas ya tenían su sitio arreglado, con piedras y una laja encima, procuraban tener al alcance la corriente y con una bandeja verter el líquido. Sus manos tallaban con fuerza la ropa que chorreaba espuma, para luego ponerla en los corrales o arbustos a secar.

Al medio día salían con los pies arrugados y mojados para disfrutar de un suculento almuerzo compuesto de tortillas recalentadas en las brasas, con frijoles, huevo en salsa macha y un trozo de queso. Había quienes llevaban tacos dorados. No podía faltar el insustituible café. Un pequeño descanso y otra vez a la faena, que terminaba por la tarde al recoger, doblar la seca, limpia y olorosa ropa que destilaba un aroma especial, recogiéndola con orgullo dando a entender que la limpieza no solo está en el cuerpo, sino también en la vestimenta que cada quién lleva puesta.