7 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

MATAR: ¿NECESIDAD O PLACER?

Si no hubieran obtenido la habilidad para pescar y cazar, el hombre primitivo no habría alcanzado el grado de desarrollo físico y mental como sucedió. Los que llegaron de otras partes para establecerse en la región, encontraron las condiciones propicias para practicar estas actividades que les proporcionaba alimento y vestido en algunos casos. Dando como resultado una vinculación entre el individuo y la naturaleza.    

Era una condición esencial que significaba sobrevivir o perecer, no se sacrificaba a los animales por placer sino por la necesidad de la conservación humana. Y de eso han dado testimonio los vestigios localizados en algunas partes de la zona que no se han investigado, pero, en la maleza se asoman algunas pirámides cubiertas de una masa compacta de cal, arena y piedra. Ahí se localizaron puntas de flechas de obsidiana y piedra, así como guijarros de vasijas fabricadas con barro.  

Durante el siglo pasado, los cazadores huatusqueños implicaban una importancia social por su organización y habilidad para rastrear el lugar donde habitaban aves y mamíferos de buena clase y categoría, recomendables para el consumo. El conocimiento y uso del armamento, estaba ligado a la habilidad física de cada quién. Debiendo poseer una resistencia adecuada para caminar grandes distancias cargando su mochila y a la vez, resistir los cambios climáticos muy frecuentes durante los días y noches que pasaban en el monte. 

La mayoría sabía cómo se prepara el cuero para curtir y hacer tapetes para adornar la casa o mandar a confeccionar, bolsas o cinturones. Lo sorprendente de algunos de ellos consistía en rellenar con ceniza la pieza, una vez que sacaron cuidadosamente las vísceras y los huesos.  La acomodaban de tal forma que los ojos y dientes expresaban un brillo real y la cola levantada llamaba la atención. Los aparadores de las tiendas gustaban de estas figuras hechas con restos de ardilla, armadillo, marta o zorra.    

En 1845, Carl Bartholomaeus Heller, nos relata que el ingenio de los mexicanos en el manejo de los lazos para cazar animales sin dispararles un tiro es asombrosa. Por lo común son los encargados del cuidado del ganado los que se distinguen en este oficio. “Arrojan el nudo de la cuerda, cuyo extremo atan a la cabeza de la silla, a gran distancia y con increíble certeza, vi que a galope tendido lazaban un perro que estaba a cuatro o cinco estéreos de distancia. Es notable como derriban los toros bravos arrojándoles un lazo a las patas delanteras”   

Así apresan los jaguares y lo hacen de la siguiente manera. Con ayuda de los perros descubren las huellas y lo siguen hasta que se sube a un árbol. Los perseguidores se juntan en torno al tronco, los canes ladran sin cesar hacía arriba, en tanto que el jaguar no quita la mirada de ellos. Una vez lograda esta maniobra, el lacero ata la punta de su reata en una vara larga y la pone cautelosamente sobre la cabeza del felino, a veces resbala, pero no abandona su lugar por miedo. Si se inquieta y se atreve a dar el salto decisivo, queda colgado y se ahorca”.

Muchos ciudadanos dedicaron parte de su vida a esta actividad, cuando todavía había presas en los montes. Entre ellos recordamos a Antonio Jácome, Martín Páez, don Filiberto Muñoz, don Dagoberto Guillaumin, la familia Quezada, don Ignacio Colorado Cózar, Abdón Colorado, los hermanos Ibarra, don Macario Vallejo y otros más, aficionados que mandaban a traer sabuesos a través del servicio postal mexicano desde los Estados Unidos de Norteamérica.

 Actualmente en algunas comunidades del municipio se ven algunos especímenes, en peligro de extinción. La contaminación de los ríos, la tala de bosques viejos y la caza furtiva se encarga de extinguir paulatinamente los espacios naturales para la flora y fauna silvestre.