7 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO

REGRESO DEL MIGRANTE

En las comunidades de todo el mundo, existen similitudes, pero cada una se distingue por la manera de comportarse y el trato con sus semejantes, que está ligada a las costumbres que se trasmiten por generaciones.

Es evidente que los rasgos culturales se manifiesten con ligeras diferencias, pero sin distanciarse del sentido artesanal que desarrollan de distintas maneras, predominando el amor al arte en sus distintas interpretaciones.

Fueron muchos años los que tuvieron que pasar para que el Gran Señorío de Cuautochco se constituyera como una organización apegada a la distribución del trabajo, generando con ello un sistema de comunicación que dio vida a un lenguaje que sobrevivió durante muchos siglos.

A pesar de trescientos años de dominio español, aun se aprecian algunos hábitos como herencia de lo antiguo.

Hay hechos que, nos hacen actuar como originarios de esta tierra, nos apasiona la cocina milenaria compuesta de chicatana, tlatonile, tamales de cozamalo e infinidad de animales y productos del campo que están en peligro de extinción por la caza furtiva.

Hasta en la forma de caminar se conoce el que es indio, con todo respeto, porque, se detecta el movimiento de los pies con singular rapidez y cadencia.

Todos los mexicanos tenemos la obligación de amar a nuestra patria, defender la libertad y su independencia que son parte fundamental para que los individuos presuman de poseer el corazón de una sociedad identificada y respetuosa.

Por esa razón, nunca hemos dejado de producir un cúmulo de mujeres y hombres al servicio de las mejores causas.

Es necesario abrir el archivo de la historia para descubrir a los poetas que, sin decir nombres, en los tiempos más difíciles, traspasaron con encendidos versos, más allá de sus nobles pensamientos.

Quiero y voy a regresar a mi tierra, me comentó emocionado un huatusqueño que se fue a los EEUU, hace aproximadamente veinte años.

Para mí, -lo dijo sin titubeos- no hay otro sitio más hermoso que aquel en que nacimos. No existen aguas cantarinas que me llenen el alma de apasionada dulzura, como el río de la Ventura, aquella poza de Citlalcuapa que con semblante profundo invita a humedecer el cuerpo con millones de gotitas de agua, unidas para el placer.

Tengo la seguridad -continuó- de que quiero regresar, no por indeseadas ambiciones, sino porque anhelo encontrar lo que desde mi infancia sigue vivo en mis pensamientos.

Noches alumbradas por cientos de cocuyos, que se encienden y apagan como un cerrar y abrir de ojos. Tardes de neblina que cubren las palmeras y los árboles del Parque Zaragoza. Y a lo lejos, una que otra campanada con sabor a pueblo a rancho húmedo y resbaloso.

Rezo para verme postrado en el altar del templo de San Antonio de Padua, esa figura destacada por su tamaño, en donde hace tiempo corrí por el atrio, disfrutando como un niño la fiesta en honor al santo patrono.

En fin, las ansias no son buenas consejeras, ya casi me toca mi turno y para eso estoy haciendo mis maletas, unos días más y por allá nos saludamos”.

Al instante recurrí a los versos de Manuel Acuña, en “Historia del Pensamiento”:

Cuando a su nido vuela el ave pasajera

A quien amparo disteis, abrigo y amistad

Es justo que os dirija su cántiga postrera

Antes que triste deje, vuestra natal ciudad.

Al pájaro viajero que abandonó su nido Le disteis un abrigo, calmando su inquietud;

¡oh ¡tantos beneficios, jamás daré al olvido

Durable cual mi vida será mi gratitud.

En prueba de ello os dejo lo que dejaros puedo

Mis versos siempre tristes, pero los dejo así;

Porque pienso, a veces que entre sus letras quedo

Porque al leerlos creo que os acordáis de mí…”