29 noviembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

NARRACIONES DE MIGRANTES.

JORGE SANFILIPPO VICENTIN, de honrosa presencia en la Comunidad de el Ocote, municipio de Huatusco, donde radica con su familia. Revela sus inquietudes ítalo-mexicana, aportando una serie de documentos escritos por los hijos de esta gran comunidad que se estableció en la región hace aproximadamente 130 años. Por no ser un grupo cerrado, son factor importante en la economía, costumbres y gastronomía regional.

Recordemos que por los años de 1881 a 1900, llegaron varias migraciones de Italia; una verdadera oleada de gente trabajadora y bajos recursos, formando partidas hasta de 300 integrantes de distintas familias. Provenientes de Ligures, Piamonte, Véneto, Trentino y Lombardo. También esta era una respuesta a las necesidades de mano de obra para trabajar en el campo nacional, expresadas a través del presidente de México, don Manuel del Refugio González Flores (1880-1884).

El Rey, Víctor Manuel III, dio su consentimiento para realizar la operación mudanza, con la condición de que sus compatriotas profesaran la fe católica. Fueron seleccionados para la primera expedición, agricultores, artesanos, carpinteros, y zapateros, entre otros. Empujados por grandes necesidades debido a que la ribera del río Piave había sufrido catastróficas inundaciones, invadiendo casas y terrenos inutilizándolos para el cultivo. Grandes miserias padecían.

“..los hijos, nietos y bisnietos de los migrantes que iniciaron la colonización, se han desplazado por todo el territorio y han logrado integrarse y adaptarse a las costumbres del país. No eran gente que en la patria propia habían triunfado, sino personas sencillas, padres de familia que amaban su propio trabajo.

Conocían a fondo la consigna universal de salir adelante y subsistir donde existían pocas posibilidades, habilidad que había sido transmitida a través de siglos de desafíos por parte de una naturaleza severa y a su vez generosa que los había retenido en su seno, respetuosos de las leyes y temerosos de Dios. Expertos trabajadores de la tierra y la madera, hábiles carpinteros y albañiles que poseían una dotación no solo material sino también espiritual y de mucho ingenio.

Hombres que de alguna manera eran portadores de una vivacidad con sólidas bases comunitarias que, con el tiempo se vieron cristalizadas en un sentimiento de solidaridad plena y sin fisuras. Conocían el rostro de la desesperación cuando sus propiedades habían sido arrasadas por fuerzas naturales y la cosecha se perdía por efectos de la plaga del gusano de seda, destruyendo sus esperanzas de un mundo feliz.

No dudaron en marcharse a un estado extranjero, creyéndolo libre de las cadenas seculares y las amenazas climatológicas. Partieron con la amargura de haber visto sus bienes materiales, trabajados por sus abuelos con amor y sacrificio, deslavados y arruinados. Con el mismo sentimiento tuvieron que adaptarse a un nuevo clima, de habitantes ajenos a sus tradiciones y de idioma.

Nunca perdieron el objetivo de ser propietarios independientes, por lo que, nadie puede el día de hoy reclamarles pereza o escaso oficio al trabajo. Ni siquiera en el periodo de la Revolución Mexicana o la guerra de los cristeros, cuando fueron duramente puestos a prueba por los desagradables asesinatos, robos y violaciones por los bandos en pleito…” (escrito a mano).