5 diciembre 2022

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Desde Huatusco

3 minutos de lectura

ROBERTO GARCÍA JUSTO.

TIEMPO PARA REFLEXIONAR.

Gracias por regalarme un poco de tu tiempo, pasando la mirada por este relato provinciano, quizá salpicado de un profundo atractivo literario, pero la idea fundamental es que leamos sin prejuicios lo que sin afán de competencia se expone. La pretensión esencial es fijar en el espacio dedicado a las letras, un mensaje que nos invite a conocer historias y lugares que a veces creemos que no existen, pero que permanecen ocultos, en espera que alguien los descubra.

El crecimiento permanente de esta ciudad se manifiesta por la multiplicación de su población, se construyen casas que agrandan las colonias. En la mayoría de los casos no conocemos sus nombres, las autoridades responsables de aplicar la nomenclatura, tienen una responsabilidad para bautizar las vías en la periferia. Respecto a las comunidades, estas se vaciaban durante la semana, ya que los habitantes salían a trabajar o estudiar, antes del problema de salud que padecemos.

Se va esfumando el encanto típico que distinguía al ex cantón huatusqueño, se extinguen las casonas coloniales antiguas edificadas en las principales calles y avenidas que arrebataba la atención de quienes nos visitaban, en el atrayente paisaje privilegiado, localizado entre la montaña y el mar. Disfrutando de la tranquilidad producto de un clima templado, matizado con un verdor propio de la naturaleza y característico por sus barrancas profundas.

Mi barrio que antes se llamaba “paso libre”, está quedando en el centro, se extiende el caserío por el ejido Xocotla, donde se localizaba el beneficio de José Fernández, expropiado después de la Revolución de 1910. Cada día los cafetales de las orillas se hacen menos, la marea urbana los arrincona y cambia su entorno por el duro concreto, postes de energía eléctrica y telefónica. Perforando su suelo para instalar tubería que conducen agua potable y los de aguas negras.

Para nuestro consuelo todavía se pueden ver los caminos de terracería, quedando los rezagos del empedrado en la Avenida dos entre la calle once y trece. Y el adoquinado en la calle del teatro Solleiro y otras. Sin descartar las que están cubiertas de asfalto y las de concreto. Por tal motivo, tenemos un mosaico como prueba de un pasado que se rehúsa a desterrar sus nostálgicas huellas.

El cautivante pregonar de los vendedores de nieve, dulces y pan se ha erradicado con la estridencia del voceo de potentes bocinas que desde un vehículo en marcha anuncia el gas o la compra de chatarra. Se sustituye el Huatusco humilde que presumía su riqueza llena de tradiciones. En donde la señora con su plato salía a la puerta para comprar los tamales rancheros o de cozamalo, como una práctica arraigada hace ya muchos años.

Don Andrés Henestrosa (q,e.p.d.) quién nos visitó hace algunos ayeres, comentó la anécdota de un indio pobre que poseía unas tareas de tierra donde trabajaba todo el día. No tenía yunta de bueyes para jalar el arado, ni ayuda de nadie, solo contaba con moruna y azadón. “De regreso por la tarde a casa, cansado de la faena del día en donde la tierra ya no servía más que para sepultura. Cargo mi poltrona y la coloco en la puerta, agarro un libro y lo abro, al mismo tiempo que llamo a mis hijos y a mi mujer para que escuchen la lectura.

Pero, de repente me acuerdo que la milpa está muy reseca por falta de agua y que mi esposa ya no tiene nagua ni huipil que ponerse y los chamacos necesitan urgentemente camisa, calzón, para la escuela pizarra, lápiz, cuadernos y libros. Y entonces les manifesté con dolor de mi corazón, adiós al aprendizaje y la enseñanza. Regresé a la realidad, cerrando el libro poniéndolo en su lugar, con mucho sentimiento me puse a llorar”.