7 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

LAS GRANDES EPIDEMIAS.

En el año de 1527, cuando todavía no se consolidaba la conquista de México, comenzó a extenderse una pandemia que los europeos conocían como viruela. De acuerdo a las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, fue transmitida por un negro de origen africano que venía en la expedición de Pánfilo de Narváez. Esta enfermedad contagiosa costó la pérdida de miles de indígenas, entre ellos Cuitláhuac, Rey Azteca que había sucedido en el trono a su hermano Moctezuma.

Como era un padecimiento mortal desconocido, los naturales le llamaron hueyzahuatl, que se traducía como la gran lepra. Desde ese momento, se inauguró en todo el territorio mexica, una terrible sucesión de infortunios. En 1545, “hubo una pestilencia grandísima, nos dice Bernardino de Sahagún, universal donde en toda Nueva España murió la mayor parte de la gente que en ella había. Yo me hallé en ese tiempo en la ciudad de México, en la parte de Tlatelolco y enterré más de diez mil cuerpos…” los pueblos quedaron desolados, con los campos, las minas y la industria abandonados.

A finales de 1736, se hizo presente en Huatusco una fiebre maligna, igual a la que había destrozado la Colonia en fechas anteriores, ensañándose en la raza originaria. Un fuerte escalofrío era el presagio de la invasión del mal, seguido de ardores que traspasaban las entrañas y dolores de cabeza que obstaculizaban la respiración, dando un brillo rojizo a los ojos. A la mayoría de los infectados les brotaba sangre de la nariz y sufrían delirios que los llevaba a cometer daños físicos y materiales. Por eso los amarraban de pies y manos.

Se asegura que un mozo de don Pedro de Aróstegui fue el portador del letal virus, cuidaba el ganado y vino a fallecer en la comunidad de Elotepec, propagando el germen que contagió a los habitantes de San Diego, Zentla, Santa María, San Francisco, Comapa y Huatusco. En donde se suscitaban, diez, quince, veinte muertos al día, las caravanas al atrio de la parroquia, donde enterraban a los muertos, era interminable. Tristes y amargos fueron los primeros meses del año para la región que sufrió el incontenible padecimiento.

Los vecinos comentaban con horror, “el marido quedó abajo, encima la esposa y luego los hijos”. Se habían agotado las fosas que siempre están disponibles en proporciones normales, los moradores recurrieron a la necesidad de construir zanjas por los alrededores del caserío, en carretas, amontonados los despojos mortales, eran trasladados para arrojarlos en el fondo sin mayores dificultades. Los deudos lloraban y pedían a las autoridades eclesiásticas un lugar en el templo que consideraban sagrado.

Los españoles avecindados en el agostadero eran pocos, apenas llegaban a un centenar, por lo que, no sufrieron grandes pérdidas, pero mestizos y locales engrosaban una lista macabra de aproximadamente cuatro mil decesos, de una población de seis mil habitantes. En esos momentos, lo más lamentable para el pueblo, fue la irreparable pérdida del doctor Manuel Antonio Manzanedo, reconocido Vicario, por lo tanto, Juez Eclesiástico y nombrado Cura por su Majestad, quién auxiliaba a los enfermos racionado el escaso medicamentos que se encontraba disponible.

Como testimonio de este letal acontecimiento, en los libros de bautizo, se localiza escrito en una de sus hojas la siguiente frase: “Administré por primera vez la Vicaría de Santiago Totolotlán, devoción desde curato con el licenciado don Juan Agustín Cifuentes donde me cogió la segunda vez el matlazahuatl, año de 1738. Firma, Bachiller Diego Ruiz de Aguirre.”