7 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

LA HISTORIA SE HIZO PARA CONTARLA.

Juventud, divino tesoro/ ¡te vas para no volver/ cuando quiero llorar, no lloro/ y a veces lloro sin querer. (Rubén Darío). Como todo en la vida, lo que empieza se acaba y es obvio que existan equivocaciones, más no son frecuentes en este caso. Estudiosos del mundo científico consideran que la vejez inicia a los 60 años de edad. Debido a que está asociado con el deterioro físico, que se nota por la disminución de habilidades, reacciones mentales, cardiacas, fortaleza de huesos, músculos, órganos visuales y auditivos.

En nuestro municipio la población está dividida entre niños, jóvenes y adultos. Estos últimos por razones de la edad, no encuentran fácilmente trabajo en la iniciativa privada o la burocracia gubernamental, en donde se dan casos excepcionales. Pero no se dejan vencer por las limitaciones en materia laboral ya que las fincas cafetalera y productoras de hortaliza, emplean a muchos de ellos debido a que son propietarios de pequeñas porciones de terreno.

En la ciudad, comunidades y rancherías, los que en gran número son dueños de changarros, son personas de la tercera edad. “Vivo feliz realizando el trabajo en casa, con mis nietos que siempre andan conmigo, ya no puedo caminar grandes distancias, tampoco aguanto las jornadas de siembra y cosecha, con esto que hago me siento todavía útil para mí y la familia”. Nos comenta un habitante de Chavaxtla, y abunda, “todavía me considero fuerte para ganarme la comida y ayudar a los que dependen de mí, ya que enviudé hace tiempo”.   

“No quiero que piensen que soy el viejito que se la pasa abandonado en un rincón de la casa, esperanzado a que me den la comida en la boca, -continuó con su plática- no señor, hay ocasiones que escucho música de mis tiempos y me pongo a cantar y bailar solito, eso me reanima y se me olvidan los problemas que nunca faltan.” Le pregunté que, si podía publicar su opinión y me dijo que si, pero sin su nombre, “no vaya a ser que me vuelva famoso y después me convierta en una calamidad para mis vecinos”. Casi soltamos la risa, pero nos aguantamos.

Después de un breve silencio, nos dimos a la tarea de recordar el Huatusco de antaño. Cuando el comerciante hacia sus cucuruchos con papel de estraza para envolver los productos que vendía en su tiendita, lo más usual era el queso, café molido, almidón, ajonjolí, chile seco y dulces hechos en casa. Estos últimos los exhibían en una vitrina que estaba al frente, sobre el mostrador, junto a un canasto con pan y un vi trolero con chiles en vinagre que olían desde que entraban al tendejón.

Estos expendios se identificaban debido a que en la entrada se colocaba un tambo de 200 litros que contenía petróleo que se podía ver desde lejos. Los campesinos estaban acostumbrados a meterse al interior y con diez centavos, pedir su copa de aguardiente que preparaban con infusiones de hierba “maistra” y fruta, regularmente de tejocote, nances, manzana, capulines, cáscara de naranja o toronjil. Se consideraba el aliciente perfecto para aguantar un día de labores.

Generalmente se utilizaba una balanza para pesar el azúcar, la sal o el maíz, estaba dotada de una charola donde se ponía la mercancía y con una pieza de metal redonda se equilibraba ya que marcaba los gramos. Estas unidades de supervivencia no contaban con grandes capitales para invertir. Por lo regular con la venta del día tenían para volver a surtirse.  Me despedí con la impresión de que tenemos mucha gente dichosa y satisfecha en la región, su fuerza es contagiosa y abrumadora.