29 noviembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

MÁS ALLA DE LA PINTURA.

 La antigua costumbre de releer debería implantarse como una materia obligatoria porque ennoblece el pensamiento, lo refresca y reanima como el agua a la tierra. Se puede considerar un método didáctico para rememorar episodios y hechos pasados, dándonos la oportunidad de lanzar un vistazo por los distintos caminos transitados por la humanidad que no permite que el tiempo se resbale entre los dedos de la mano.

Cualquier actividad desarrollada con ingenio y habilidad por el hombre, tiende a plasmar el medio natural con un alto grado de sentido real o imaginario. Proyectando manifestaciones emanadas de múltiples aportaciones en una comunidad que actúa sin percatarse que se están afiliando al curso de la historia y trae hasta nuestros días los pormenores del desarrollo armónico de la naturaleza.

Del Códice Mendocino mandado a elaborar por el primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, quién en su empeño para informar al Rey de España Carlos V los aspectos más relevantes de la cultura indígena del continente conquistado. Podemos decir que, se dio a la tarea de reunir a los sabios del imperio Azteca con los escribanos al servicio de la corona. Y de esa manera perfeccionaron este valioso documento del cual se hicieron muchas copias, que, con el paso de los siglos se fueron deteriorando, otros se perdieron sin saber adonde están. 

Los que han tenido acceso a él, dicen que consta de setenta y una página sobre piel de venado y papel de amate. Conteniendo la descripción más detallada sobre la vida de los mexicas y revestida con pictograma, registrando los pormenores de los pueblos, destacando la fundación de la Gran Tenochtitlan, con la leyenda del águila devorando una serpiente sobre un nopal y que, se convirtió en símbolo nacional.

Para el Señorío de Cuauhtochco encontramos un cuadro donde captamos un árbol con tres ramas en forma de cruz y en el tronco la figura de un animal que se asemeja a un conejo o un perro, se podía comparar con un canguro, pero en el continente no existen estos, además su cola es larga y delgada, por lo que no atinamos a identificarlo. Menos los jeroglíficos con que se explican los pormenores de la pintura.

En 1849 durante su permanencia de Johan Salomón Hegi en este solar, dibujó en una acuarela las calles de esta localidad. Se mira en primer término la fachada de una casa construida de tejamanil, caminando una ciudadana con su vestido largo y el rebozo amarrado en el pecho para transportar algo en la espalda. En contraste está una vivienda bien edificada, ventanas con protección de hierro, adentro una persona asomada, y en otra puerta de sombrero un ciudadano agarrando las riendas de dos caballos.

Antes de las nubes borrascosas que adornan el universo, sobresale un cerro que bien podíamos decir parece una pirámide, pero no lo es, el famoso Acatepec. Una milenaria estructura que sobrevive a los embates de la mitología que ha hecho de él un escudo forrado de diferentes narraciones que le dan un sello profundo y silencioso. Con un cuadro bien conservado, estamos dando descripción a una etapa que jamás volverá a repetirse.