29 noviembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

LA LEY Y EL HOMBRE

Cincuenta y nueve años se cumplirán el próximo 12 de Julio los festejos del día del Abogado, un oficio de mucha importancia en la vida moderna que, regula las relaciones entre las naciones como los individuos.

Aunque en nuestro municipio no hay una convocatoria amplia para recordarlo. Algunos grupos pequeños, casi familiares, aprovechan para compartir los sagrados alimentos y con ello hacer un reconocimiento a su desempeño dentro del campo profesional.

Esta iniciativa surgió por la apremiante necesidad de conmemorar el establecimiento de la primera cátedra de Derecho en la Nueva España y con ello se dictaminarían las ordenanzas de buen gobierno el 12 de julio de 1533.

Es considerada como la más noble de las profesiones que se pone al servicio de las relaciones entre la sociedad, procurando que su esencia no sea mal intencionada. Es necesario recalcar que, hasta mediados del siglo pasado, la región se encontraba aislada.

Aunque primero se instaló una vía de pasajeros transportados en avión, luego se inauguró la carretera Fortín-Conejos.

Sin embargo, las familias acaudaladas, enviaban a sus hijos a estudiar en otros centros educativos donde había carreras de todos los niveles. De esa forma, en la Ciudad se contaba con un número significativo de abogados muy respetables. Miguel Sánchez Oropeza, tuvo que emigrar a Puebla para iniciar sus estudios en el seminario, continuando en la Capital del país la carrera, obteniendo el título en 1808, incorporándose al Colegio de Abogados.

De esa época, el profesor Ismael Sehara enumera a: Rafael González Páez; Carlos Rodríguez Illescas; Patricio García y Sedas; Filiberto Muñoz; Atilano Sedas; Nicanor Rivera; Primitivo Murillo; Miguel Muñoz Moreno y don Francisco Caramón. Todos ellos integrantes de una generación respetuosa, fructífera y de muchas satisfacciones.

En esta ciudad un joven huatusqueño fue seleccionado por la logia masónica local, ofreciéndole una beca para que realizara sus estudios en el vecino Estado de Puebla.

A pesar de su condición humilde, demostraba en la práctica que poseía una inteligencia sobresaliente. Y de esa forma, nuestro paisano Marcelino Cogco, partió lleno de ilusiones en busca del conocimiento que lo impulsara para mejorar su situación.

Su desilusión pronto llegó para despertarlo a la realidad, carente de recursos económicos sus ayunos se prolongaban, las presiones por cumplir con el calendario escolar lo traumaron. Colmado de angustias.

Terminando el ciclo escolar regresó al terruño con algunos desequilibrios mentales.

Los vecinos que se percataron de su lamentable situación, comentaban que, en sus ratos de lucidez, procuraba atender algunos asuntos, sin embargo, su vestimenta daba mucho de que hablar.

Con un sombrero de palma roído, camisa y pantalón sucios, rematados con unos huaraches toscos que le ganaron el mote de “Licenciado Huarache”.

El esfuerzo se reflejaba en su rostro por no poder hilvanar las ideas esenciales en el oficio de la jurisprudencia. Pasaron los años y este personaje no daba muestras de recuperación.

El pueblo se burlaba por sus desplantes raros para una persona que había cursado estudios superiores. La familia le cerró las puertas, mendigó por calles y avenidas, hasta que, olvidado y despreciado falleció, sin que nadie se acuerde de la fecha, solo recibió el acostumbrado: “Descanse en paz”, de los que generosamente cooperaron para su sepelio.