7 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

EL JAMAPA NOS SEPARA DE COSCOMATEC.

El quinto mes del año ha generado un ambiente bochornoso en la región. La lluvia que se atreve a caer por la tarde, aviva el calor que ocasiona incomodidad en la población que desafía el “quédese en casa”. Hay momentos que se hace un sorpresivo silencio, la ciudad se torna muda por segundos. Es la oportunidad para explorar el origen de este fenómeno que se prolonga y se pronostica que no tiene fecha para cambiar su esencia.

Huatusco era una Ciudad alejada de los centros congestionados de comercios, y empresas dedicadas a la producción mercantil. Situada en una zona de las altas montañas, rodeada de barrancas y cerros, horadada por riachuelos caudalosos, aguas limpias y transparentes. Regalando una imagen de figura multifacética colocada con esmero en el corazón de la naturaleza.

Al referirnos a la época del auge agrícola del pasado siglo, es preciso recordar que todavía en el año de 1937, en lugar de hoteles, funcionaban varios mesones. Sitios ideales para que los arrieros de la región, encontraran un espacio donde pasar la noche, además alimentos para ellos y las bestias de carga utilizadas para el transporte de personas y mercancías. Las instalaciones procuraban tener pesebre, cuartos dormitorio y fonda bien atendida.

Solamente cinco automóviles circulaban por las solitarias calles de la ciudad, prestaban sus servicios cuando no llovía, para trasladarse a la estación del ferrocarril mexicano instalada en Soledad. Era peligroso viajar con tormenta, ya que los caminos se enfangaban, atascando a los vehículos a los que había de arrastrar con yunta para recuperarlos. Y los puentes no resistían la fuerza de las turbulentas aguas.

Trasladarse de Huatusco a Coscomatepec, terminal obligada del ferrocarril llamado el “huatusquito”, representaba una inusitada experiencia, comentan los que lo hicieron que, en la madrugada, cuando tomaban el camino hacia el mencionando destino, solo se escuchaba el trote de los animales, en partes empedrado y algunos espacios de terracería. Momentos propicios para acomodarse en la silla de montar.

Cientos de árboles resguardaban la ruta, siendo los álamos los más altos y de ramas tupidas, por lo que, el piso estaba tapizado de hojas secas. Subidas y bajadas acompañaban al caminante, quienes admiraban la imponente belleza de la flora que se extendía por las hondonadas profundas y misteriosas, donde las rocas pendían de sus laderas. Nadie se apartaba de la ruta, sabiendo lo doloroso que resultaba una caída.

Roca Blanca, río seco, Palenque, La Raya, llegando al Durazno era la señal de que iniciaba el descenso hacia las márgenes profundas del río Jamapa. Su imponente fuerza impactaba los muros del puente construido durante la Colonia para que el cruce se realizara con mayor seguridad. A los animales se les controlaba con la rienda, bien agarrados de la silla de montar se podía evitar que resbalara y desbarrancase. Subir esa cumbre, causaba gusto y temor, las dos cosas porque “casi nos acostábamos en los lomos de la cabalgadura”.

El caserío y la pintoresca cúpula de la iglesia de San Juan Bautista, se divisa desde lejos, lo que quería decir que habíamos llegado a Coscomatepec. Pronto tomaríamos café bien caliente, tacos de huevo con frijoles, garnachas y muchos otros antojitos regionales que las mujeres ofrecían. El único voceador que había se llamaba Juan. Para los que gustaban de la lectura les vendía periódicos y revistas, las recibía de la Ciudad de México, por lo que se supone eran de días anteriores. Es justo decirlo, las noticias no pierden vigencia ya que forman parte de la historia.