5 diciembre 2022

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Desde Huatusco

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ROBERTO GARCÍA JUSTO.

UN VIGILANTE ETERNO.

Desde la distancia se vislumbra la figura piramidal del cerro del Acatepec, que significa de las cañas. A sus pies se desparrama la Ciudad de Huatusco, cuya mirada la tiene puesta hacia el oriente, porque las tormentas que vienen del mar, descargan sobre la provincia, potentes rayos y relámpagos que cuando obscurece, iluminan el cielo, asemejando péndulos suspendidos del techo del prominente y maravilloso cielo.

Su cima es plana, se distinguía por su diversa vegetación, como el coquistli que tan solo al pasar junto a ella produce los efectos del fuego que quema la piel, causando ronchas. La encina, árbol de madera dura, copa ancha cuyo fruto es la bellota. Además, tiende a llenar sus ramas de lirios silvestres que florecen cuando la brisa llega para desarrollar su erecta espiga que apunta hacia el astro rey.   

Los que por casualidad detectan su presencia, admiran la ubicación especial donde se encuentra esta colina. Al principio causaba temor por sus características semejantes a un cono volcánico. Pero más debido a que hace muchos años, por varios días estuvo lloviendo y las aguas se acumularon por diferentes cauces. Los bosques, casas y animales sufrieron por las correntadas todo lo arrastró a lejanos lugares donde predomina el océano.   

Le cantaban los antiguos pobladores con singular acento: –grandioso Acatepec, espléndidas tus laderas nutridas de prodigiosa maleza, bejucos y flores que con la primavera perfuman el sendero, abrupto y empinado. Quién pudiera ser como el águila de collar, desplegar libremente las alas y admirarte desde la altura. Recibir los rayos del sol desde lo más elevado del valle, rompiendo los suspiros del aire que murmura en el horizonte.    

Con esas características y como consecuencia de que los habitantes del mundo emigran constantemente buscando una región que le proporcione seguridad ante los fenómenos naturales, alimento para la descendencia y sobre todo, la garantía de poder intercambiar su producción excedente, con otras comunidades cercana a su lugar de origen. Descubrieron que ahí se encontraba lo idóneo para sus pretensiones.        

Parecería repetitivo insistir sobre este tema tan importante para la identificación de un señorío que tuvo un florecimiento cultural plasmado en las ruinas encontradas en sus monumentos, obras de arte, ídolos, fortines y montañas que construyeron los nahoas (Aguirre Beltrán). Amparados por el dialecto, las costumbres y la religión, como patrimonio de sus moradores.

Al son de la chirimía y el teponaxtle, y a costa de grandes trabajos y sacrificios, creció en número la población y el caserío se expandió ocupando un área esencial para la familia. Generando una inevitable ambición del imperio azteca que los sometió, de manera pacífica, obligándoles a pagar tributo. Con la condición de que respetarían el Teocalli, centro ceremonial y sitio donde celebraban sus ritos dedicados a los dioses de su devoción.

Hoy los aromas característicos de la campiña melodiosa, se ha perdido, a cambio se escucha el rugido de los motores encendido de los vehículos que cruzan la carretera destilando gases ajenos al azahar de los limoneros. Los cascos herrados de los animales de carga, ya no tropiezan con las piedras, alzando polvo en el camino. Y los hombres del campo, con enjundia jalan el azadón, alzan los ojos al universo, añorando el pasado, con la esperanza de que soplen nuevos tiempos.